domingo, 27 de febrero de 2005

La historia del camello que lloraba

Ese es el título del hermoso documental que he visto esta noche en el cine Víctor. Dirigido por dos jóvenes aún en formación, la película relata la dolorosa situación en la que se encuentra un pequeño camello blanco que acaba de nacer y es rechazado por su propia madre. La sensibilidad, y también la necesidad de supervivencia del pequeño poblado nómada del desierto del Gobi, les lleva a buscar a un músico de la población más cercana para que lleve a cabo el ritual del Hook: éste acompañará, con su monocorde instrumento de dos cuerdas, a una joven del poblado que, mientras acaricia el pelaje de la camella madre, canta una hermosa melodía. La madre del camello blanco acaba enterneciéndose y sus lágrimas brotan no sólo de sus ojos, sino también de los nuestros. El joven camello finalmente es aceptado. Pero la película no es sólo eso: la tradición oral, el respeto y la aceptación del entorno, la tradición musical de Mongolia, la arena del desierto, sus tormentas, la amenaza de las nuevas tecnologías frente a la cultura tradicional, el cuidado y el amor por los animales, hacen de este documental uno de los más hermosos cantos a la ternura que haya podido disfrutar. Un ser humano canta y otro toca un instrumento para que un animal acabe llegando a la expulsión del dolor y la rabia contenida. Sanación musical, sanación por el canto.

Variaciones sobre la faz turbada

Bill Viola, Catherine's room, 2001

(Esta reseña saldrá publicada en el próximo número de la revista NERTER, #8. La cuelgo aquí porque tal vez pueda interesarle a otras personas que pululen por la red.)
Bill Viola, Las Pasiones, Fundación La Caixa, Madrid, 2005
En el año 1975, en su libro La poética de lo neutro (reeditado recientemente, creemos que con buen sentido crítico, dada la vigencia que aún hoy siguen teniendo sus páginas), Victoria Combalía dejaba constancia, en lo que respecta al arte conceptual, de “la multiplicidad de estilos, la mezcla de técnicas, el carácter heterogéneo e interdisciplinario del arte”. Y añadía: “La antigua dicotomía abstracción / figuración ya no nos sirve para calibrar un tipo de actividades que poco tienen que ver con la tela pintada”. (1) En efecto, desde que en 1965 Nam June Paik echase mano de un magnetoscopio portátil para registrar con él las escenas que contemplaba desde un taxi y exhibirlas más tarde en un café, o desde que a comienzos de los años 70 Jerry Schum diera el paso de transmitir los vídeos de artistas de Land Art y Body Art por la televisión alemana; es más, desde que en los albores del pasado siglo XX las actitudes de irrenunciable ruptura de las primeras vanguardias diesen un vuelco a los conceptos de arte y literatura, los derroteros de la expresión artística han sido múltiples.
Acaso excesivamente influidos en sus inicios por la filosofía analítica y por algunos de los conocidos postulados que Ludwig Wittgenstein propuso en su Tractatus Logico-Philosophicus, el denominado “arte conceptual”--¿acaso existe Arte “no conceptual”?, me pregunto-- ha dado muestras en los últimos años de su capacidad de diálogo con las tradiciones artísticas medieval, renacentista o barroca. Una magnífica demostración de esta línea de profundo estudio, lectura actualizada y ahondamiento en la imaginería artística de los siglos XV, XVI y XVII es la serie de piezas que Bill Viola (Nueva York, 1951) reúne bajo el título The Passions y que la sala de exposiciones de la Fundación La Caixa exhibirá durante estos meses en Madrid. “Una obra maestra es una sinfonía tocada sobre nuestros sentimientos más delicados. (...) Al toque mágico de lo bello las cuerdas secretas de nuestro ser despiertan y nosotros vibramos y nos estremecemos en respuesta a su llamada. La mente habla a la mente. Oímos lo que no se puede decir, miramos lo invisible.” Estas palabras de Okakura Kakuza (1862-1913) (2) bien podrían resumir el estado de complicidad afectiva que el espectador podrá sentir al entrar en contacto con algunas de las piezas de Bill Viola. Ese sympathos entre artista, obra y espectador es inevitable sentirlo en esta muestra, de manera que --y recurro de nuevo a las palabras de O. Kakuzo—“ Lo que nos atrae es más el alma que la mano, el hombre que la técnica; cuanto más humana es la llamada más profunda es la respuesta.”
Con Las Pasiones Bill Viola acaba por dar forma a una de sus obsesiones más importantes: el intento de realizar un genuino inventario de las pasiones humanas. Dolor, angustia, alegría, éxtasis confluyen en estas obras bajo una única plasmación gráfica de toda la gama de registros gestuales en las que el rostro humano está instintivamente adiestrado.
“Miramos lo invisible”, nos decía Kakuzo. Bill Viola nos obliga a detenernos ante cada una de sus piezas para que también nosotros hagamos nuestra expiación, nuestra particular expulsión invisible del dolor. La invisibilidad en la que se ocultan muchos de nuestros gestos y la facilidad de transformación y metamorfosis que tiene nuestro rostro para pasar sutilmente de un estado anímico a otro son neutralizados aquí por el video creador. Gracias al trabajo con actores que, colocados ante una cámara de alta velocidad, verán a posteriori ralentizados hasta extremos inusuales sus propios registros anímicos. Miramos lo invisible, sí, porque gracias a la paciente elaboración, gracias a la casi devota admiración de Bill Viola por la tradición pictórica oriental y occidental, ante nuestros ojos se vuelcan sutilmente, y a través del soporte aparentemente frío de unas pantallas de LCD, toda la progresión de nuestros estados de ánimo.
“Me interesa lo que no pintaron los maestros antiguos, esos pasos intermedios”, explica el artista. Exploración y búsqueda, así pues, en el gesto-puente, en el interregno de los múltiples rostros de la pasión humana. Pero también indagación formal en una tradición pictórica que sigue y seguirá siendo fuente inagotable para el arte actual. Olvidemos ante esta muestra, y por algo más que unos instantes, la tan manida discusión sobre la contraposición entre pintura, video-creación y arte digital. No me interesa discutir sobre si este tipo de incursiones de las nuevas tecnologías en el arte llevará al deterioro o si, por el contrario, conducirá al engrandecimiento del fenómeno artístico. Mi postura es clara: me interesa, como nos dijo O. Kakuzo, “más el alma que la mano, más el hombre que la técnica”. Y la técnica aquí ha sido puesta a disposición de la sensibilidad, de la sutileza, de los conflictos internos de todo ser humano, de las raíces profundas del dolor.
Durante las sesiones de preparación de todos estos vídeos, Bill Viola entrenaba a sus actores, los preparaba emocionalmente para que aflorase en sus rostros el mayor número de expresiones posibles: “Les daba poemas de Rilke y de san Juan de la Cruz (...) personas que ya habían pasado por esto en las zonas del ego humano que yo quería que ellos tratasen.”

Silent Mountain

Ante piezas como Silent mountain (2001), participamos de las expresiones del dolor creciente que soportan una mujer y un hombre. Boca y ojos son aquí los centros emisores de la emoción. A este respecto, se puede leer en un reciente e interesante ensayo de Charo Crego: “En las representaciones del rostro de la modernidad la función de la boca ha ido cambiando: ha pasado de ser un agujero deglutidor, que tragaba y absorbía todo poniendo al hombre en relación con su propia naturaleza inferior, a ser, sobre todo, un agujero emisor, del que parte el grito, la maldición, la exclamación y que pone al hombre en relación con su naturaleza psicológica.” (3) Pero en las obras de Bill Viola ese grito es silencioso, casi mudo. No obstante, y por obra de aquella mediación simpática de la que más arriba hablábamos, si dedicamos la necesaria atención, escucharemos ese grito inaudible, ese lamento silente. También lo explicita Edgar Morin: “La boca no es sólo lo que come, absorbe, da (salivar/lamer), también es la vía de paso del hálito, el cual corresponde a una concepción antropológica del alma.” (4)
Acaso en esta exposición podamos comprender mejor el sentido de palabras como “implorar”, llorar en nuestro interior (in-plorare), pero con todo nuestro espíritu volcado en una suerte de llamada a un exterior ignoto. Los protagonistas de estas secuencias fílmicas imploran en silencio, lamentan una pérdida que desconocemos, porque ésta sólo se encuentra en su interior. Emergence (2002), de evidentes resonancias bíblicas, es una representación del nacimiento y de la muerte. Un hombre surge de las aguas de una alberca sagrada para desfallecer y morir al instante en brazos de la madre, en brazos de la amada. Mater dolorosa, pietas. En la deslumbrante Vida secreta de Pascal Quignard podemos leer: “ En el instante en que muere un hombre su mirada se une a la mirada donde todo muere (...) El mundo en el que vive todavía también se extingue en parte con su muerte (...) Hay algo en la visión que pertenece a la pérdida.” (5)

Aleksandr Sokurov, fotograma de Madre e hijo

En 1997 el cineasta ruso Alexander Sokurov regaló a nuestros sentidos la conmovedora película Madre e hijo, el íntimo relato de los cuidados últimos que un hijo da a su madre enferma. Sólo un hijo y su madre agonizante, en una campiña despoblada, son los protagonistas de esta íntima y reveladora ceremonia de la pérdida. Apenas hay diálogos, sólo unos tímidos susurros, gestos que, junto a la textura y el tratamiento del color, hacen de esta obra una suerte de lienzo pictórico en movimiento. Pero si tras el proyecto estético de Sokurov se esconde un retorno al romanticismo alemán –en concreto, un hermoso diálogo con la pintura de Caspar David Friedrich—en las propuestas de Bill Viola la mirada nos lleva a observar con nuevos ojos no sólo la tradición pictórica occidental, sino que a ella se suma la cultura oriental, en sus variantes filosófica, religiosa, pictórica y literaria.
Durante su estancia como investigador en el Getty Research Institute, el artista dedica largas sesiones al estudio de los maestros antiguos: El Bosco, las pinturas devotas en pequeño formato del medioevo y principios del Renacimiento, Dieric Bouts, Giotto... Sin embargo, según confiesa en conversación con Hans Belting, para él “ las pinturas antiguas fueron tan sólo el punto de partida. No me interesaba apropiarme de nada –añade—ni volver a representarlo; quería meterme en el interior de esos cuadros, encarnarlos, habitarlos, sentirlos respirar. Al fin y al cabo, se trataba de sus dimensiones espirituales, no de su forma visual.” (6) Esa dimensión espiritual, en efecto, es lo que se percibe en su trabajo.
En el documental titulado Bill Viola: el ojo del corazón, que se exhibe como complemento de esta muestra, llama la atención ver al artista en su estudio rodeado de paredes en las que cuelga reproducciones de obras de los autores que le interesan, fotografías de su maestro zen, Tanaka Sansei, de sus familiares más queridos. En este sentido, hemos de recordar una pieza en forma de tríptico del autor neoyorquino titulada The Passing (El Tránsito) –y que no forma parte del conjunto ahora expuesto de Las pasiones—en el que el creador rinde el último tributo a su madre enferma y ya moribunda. Nos la presenta, en su doliente proceso degenerativo que le llevará a la muerte, en contraste con el nacimiento de un niño. Y todo ello presidido por las imágenes centrales del tríptico: la dura austeridad de los desiertos. De ahí la inevitable alusión hecha aquí a la elegíaca cinta de Sokurov. Madre e hijo unidos ahora por la magia sanadora de la obra de arte.
Pero si hay una obra en esta exposición que secuestra nuestra mirada ésa es Catherine’s Room (La habitación de Catalina), presentada en cinco pantallas planas de LCD de pequeño formato que evocan, por su apariencia, las predellas del siglo XV y, por su título, a la vida de Santa Catalina de Siena. Una mujer solitaria vive en un pequeño habitáculo. Realiza sus labores cotidianas: hace sus abluciones matinales, cose, se aplica en la lectura bajo la lámpara estudiosa, realiza sus oraciones, descansa. Vive en un mínimo espacio ocupado únicamente por lo elementos esenciales (una mesilla, una cama, un jarrón, una flor...) y presidido por una pequeña ventana que nos da la luz propia de cinco distintos momentos del día y, por extensión metafórica, de cinco distintas etapas de la vida. Un espacio para la ascesis, el silencio, la desnudez, la austeridad. Por esa única abertura al exterior asoma la rama de lo que acaso podría ser un almendro y sus cambios estacionales. Primavera, verano, otoño, invierno. La última ventana, que corona el cuerpo de Catalina yaciendo sobre su lecho, es sólo ya una oquedad negra, la muerte, el tiempo sin tiempo, hacia el que ha escapado su alma.
La adoración, la caída, el temor, la renuncia, la revelación, la delicadeza, el pudor, la entrega. Una envoltura cíclica de tiempos a la vez eternizados y minimizados. El artista penetra con esta serie dedicada a las pasiones en los intersticios de la temporalidad y de las emociones para extraer de ellas las miradas nunca vistas, diminutas ráfagas de amor, de la passio, de la pessah –diríamos con Quignard—de la piedad, del dolor y de la alegre serenidad. Bill Viola ahonda con inusitada delicadeza en la hermosa y a la vez lacerante travesía de los sentimientos.

NOTAS: (1) Vitoria Combalía Dexeus, La poética de lo neutro. Análisis y crítica del arte conceptual. Editorial Anagrama, Barcelona, 1975.
(2) Luis Racionero, Textos de estética taoísta. Alianza Editorial, Madrid, 1994 (Cap. 10, “La apreciación del arte”).
(3) Charo Crego, Geografía de una península. La representación del rostro en la pintura, Abada Editores, Madrid, 2004.
(4) Edgar Morin, Amor, poesía, sabiduría, Seix-Barral, Barcelona, 2001.
(5) Pascal Quignard, Vida secreta, Trad. de Encarna Castejón, Espasa-Calpe, Madrid, 2004.
(6) John Walsh (ed.) Bill Viola. Las pasiones. (cat. exp.) Textos de Peters Sellars y John Walsh. Conversación entre Hans Belting y Bill Viola. Fundación La Caixa, 2004.

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Canción para franquear la sombra

Aparte de haber tomado como nombre de mi blog el título de una obra de Italo Calvino, quiero ahora dejar aquí escrito otro de los grandes referentes en mi pobre vida de lector. Un poema de José Ángel Valente que ha sido decisivo para mí. Es éste:

Canción para franquear la sombra

Un día nos veremos
al otro lado de la sombra del sueño.
Vendrán a ti mis ojos y mis manos
y estarás y estaremos
como si siempre hubiéramos estado
al otro lado de la sombra del sueño.

José Ángel Valente

José ángel Valente, fotografía de Manuel Falces

Colección de arena

He creado este cuaderno para intentar reflejar en él mis intereses. Lo que yo llamo mis marginalia, asuntos mínimos, expresiones casi inexistentes, aparición sutil de la nada.