viernes, 29 de septiembre de 2006

Para José Herrera

Obra de José Herrera
El pintor tocó la pieza que su mente había dado por realizada momentos antes. La mano se deslizó por una superficie pulimentada con la finalidad de plantar cara, mediante el hiriente contraste, a las rugosidades del mundo. Su mano se comportó con la consciente delicadeza del padre que descubre que su cuerpo se ha duplicado en otro cuerpo, más joven y tierno que él, más sabio, más ingenuamente valiente ante las adversidades de la pérfida realidad. El hijo, sí, el hijo dice silenciosamente al padre los mismos secretos que la obra al pintor: " Cuidaré de ti, sí, seré el mejorado reflejo de tus trabajos en el mundo. Mi cuerpo compacto será el valedor de tus esfuerzos, será el siguiente eslabón de nuestra cadena hacia la nada del conocimiento". Ahora descansa su mirada en el no lugar, en ese interregno ausente del taller silencioso. Las maderas, la luz que les da lustre, las juntas, sus intersticios... todo le ha venido dado al maestro pintor por su serena contemplación del mundo, por su inalienable creencia en la construcción de un vacío sanador. El regalo de los aires callados, el círculo en el que se ha refugiado como un ciervo herido que se oculta de la jauría. Respira, escucha su respiración ante el óvalo de madera y al fin nada su mente en el líquido amniótico de la abstracción sellada.