lunes, 29 de junio de 2009

Habent sua fata libelli

No estoy seguro de que la razón que me llevara a interesarme por la novela Ancho mar de los Sargazos de Jean Rhys fuese alguna alusión que a ella haya hecho Enrique Vila-Matas en uno de los muchos textos suyos que me han cautivado. Hace poco, espigando como hago a veces en las librerías, la encontré en una primera edición de Noguer de 1976, en traducción de Andrés Bosch. La he leído en estos días. Como a veces suele pasarme, de algunos textos literarios me interesan más sus conexiones con otras creaciones, sus ramificaciones secretas, los conductos o pasadizos subterráneos que van configurando todo un mapa de corrientes y flujos casi imperceptibles. Aquí en concreto he encontrado un pasaje que rápidamente me llamó la atención. Es este:
Esta fue la segunda vez que tuve aquel sueño. De nuevo he abandonado la casa de Coulibri. Es aún de noche y camino hacia el bosque. Llevo un vestido largo y delgadas zapatillas por lo que avanzo con dificultad, sosteniendo alzada la falda, detrás del hombre que va conmigo. El vestido es blanco y hermoso, y no quiero que se ensucie. Sigo al hombre, muerta de miedo, pero nada hago para hurtarme al peligro. Si alguien intentara salvarme, no se lo permitiría. Ha de ocurrir. Ahora, hemos llegado al bosque. Nos encontramos bajo las copas de los altos árboles negros, y no hay viento.”¿Aquí” Se vuelve y me mira, torvo de odio el rostro, y, al verlo, me echo a llorar. Sonríe con astucia. “Aquí no, todavía no”, dice, y yo le sigo llorando. Ahora, ya no me esfuerzo en llevar la falda levantada, y el borde de mi hermoso vestido arrastra por el suelo. Ya no estamos en el bosque, sino en un jardín cerrado, con un muro de piedra alrededor, y los árboles son árboles diferentes. No los conozco. Hay unos peldaños ascendentes. La oscuridad es tal que impide ver el muro y los peldaños, pero yo sé que uno y otros están aquí, y pienso: “Será cuando haya subido esos peldaños, cuando estemos en lo alto”. Tropiezo con la falda de mi vestido, y no puedo levantarme. Toco un árbol y me abrazo a él. “Aquí, aquí”. Pienso que no avanzaré más. El árbol se balancea y se estremece como si quisiera desprenderse de mí. Pero yo sigo agarrada a él, y pasan los segundos, y cada segundo parece mil años. “Aquí, aquí, dice una voz extraña, y el árbol deja de balancearse y de estremecerse.
Al leer este fragmento inmediatamente pensé en un cuento, leído hace ya algunos años, de Michel Tournier, “Amandine o los dos jardines. Cuento iniciático”, que pertenece a su libro El urogallo. Vuelvo a buscarlo, claro. Releo ahora lo que en su momento subrayé:
Soy una chiquilla y tengo diez años. Tengo un papá, una mamá, una muñeca que se llama Amanda y también un gato.(...) Se llama Claude porque uno nunca sabe.(...) Ahora se escapa muchas veces. ¿Dónde? Eso me gustaría saber a mí. He intentado seguirla. Imposible.(...) De pronto ha saltado hasta la tapia y corrido pegada a la tapia como si la tapia estuviera pegada en el suelo, pero ¡qué va! Era una tapia vertical y la gata con sólo tres saltos ha llegado hasta arriba.(...) Por la ventana he visto a Claude que caminaba lentamente por un sendero del jardín. Llevaba un turón muerto en su hocico. (...) Como papá y mamá duermen, tengo la impresión de que estoy sola en el mundo.(...) Es la hora en que se acuestan los animales nocturnos y se levantan los diurnos(...) Se cruzan y a veces se chocan porque es a la vez noche y día. La lechuza se dispone a retirarse antes de que el sol pueda cegarla y roza al mirlo que sale en ese momento de las lilas.(...) Realmente mi gata tiene dos vidas que no se tocan: su vida del otro lado de la tapia y su vida con nosotros en el jardín de papá y en la casa de mamá