miércoles, 25 de noviembre de 2009

Plutarco para estos tiempos

Mi amigo Miguel, economista heterodoxo, me presta un libro que debería ser lectura recomendada para muchas personas que, en estos días, no acaban de encontrar la explicación al callejón sin salida —desde el punto de vista económico y monetario— en el que se están viendo cercadas. En el volumen se recogen dos breves tratados de Plutarco —sí, el autor de las famosas Vidas paralelas—. Se trata de Sobre el amor a las riquezas seguido de Que no hay que pedir prestado a interés. (José J. de Olañeta Editor, col. El Barquero, 2009). “Léelo —me ha dicho— porque algunas de las ideas sobre las que hemos hablado estaban ya expresadas en estos dos opúsculos.” En efecto, ahí van algunos fragmentos en los que se refleja no sólo el pensamiendo de Plutarco, también leo en ellos mi reflejo. He creído desde hace mucho tiempo que no estamos aquí para, bajo la engañosa apariencia de vivir en la abundancia, ser únicamente siervos de banqueros y usureros. Dice Plutarco en el primer tratado:
No necesitamos más que pan, más que un cobijo para dormir, un vestido sencillo, el primer alimento que nos den, y resulta que se abate sobre nosotros la riqueza y nos llena de codicia el corazón. Y entonces queremos oro, plata, marfil, esmeraldas, jaurías de perros y caballos. Objetos tan raros como inútiles, tan difíciles de mantener como de conseguir, eso es lo que nos hace desear la riqueza, en vez de permitir que nos limitemos a lo necesario. Nadie es pobre de lo suficiente. Nunca nadie ha pedido prestado para comprar harina, queso, pan o aceitunas. Pero fulano se endeuda para hacerse una casa magnífica, mengano para adquirir un olivar contiguo a su finca, o bien campos de trigo, o viñedos, o bien mulas de la Galia, caballos de tiro destinados a tirar de carros vacíos. Ahora bien, esos gastos los han sumido en un abismo de escrituras, de intereses ruinosos y de préstamos hipotecarios. Y después de eso, así como los que, al seguir bebiendo cuando ya no tienen sed, y comiendo cuando ya no tienen hambre, vomitan lo que habían tomado para calmar su hambre y su sed, así también esos compradores de bienes inútiles se quedan sin siquiera lo necesario. Eso es lo que ocurre a cierto tiempo de gente.