jueves, 10 de diciembre de 2009

Entre los meandros de Julien Gracq

El escurridizo y enigmático escritor francés Julien Gracq comienza a estar, de un tiempo a esta parte, entre mis autores dilectos. A partir de mi lectura de El mar de las Sirtes, el interés ha ido en aumento y, como no podía ser de otro modo, he ido decantándome por el espacio de su escritura que me resulta más cercano: el de los textos breves, en los que condensa sus visiones impresionistas y apropiadoras del paisaje en diálogo con su visionaria poética personal. Tras la lectura de El mar de las Sirtes, descubrí que la editorial El Acantilado acababa de sacar sus magníficos Carnets de grand chemin, traducidos como A lo largo del camino. Más adelante, el azar dadivoso puso ante mis ojos, en una libreria de Barcelona, el pequeño cuaderno Las aguas estrechas, con traducción y epílogo de Loreto Casado, y pude seguir navegando entre sus meandros. Y ahora me topo con otro de sus diminutos pero explosivos artefactos literarios: La literatura como bluff. Se entiende por qué la editorial Nortesur publica ahora este libelo: las consideraciones que de la literatura francesa hace Gracq en el año 1950 son una anticipación --un flashforword, para los televidentes de Cuatro-- del panorama cultural que hoy vivimos. ¿No es acaso una visión anticipatoria de nuestra situación actual este extracto del librito de Gracq?:
Parece ser, por desgracia, que el caso de Hiroshima haya acabado para siempre, más que con una ciudad entre cientos de ciudades, con esos últimos paladines de la común medida y haya dejado expedito el camino, más que a una tiranía material mundial a una era de esclavitud consentida de la mente. Algo se ha derrumbado, algo que no era ni paredes de madera ni tabiques de papel: el público, acorralado hasta sus ultimas defensas,capituló de golpe ante la idea cegadora de una distancia en adelante sideral, infranqueable, entre lo que alcanza la vista y elcómo de un fenómeno, abdicó de golpede sus últimos poderes para comprobar y controlar y se repuso de ello, resignado ya a vivir en la fábula grisácea y cotidiana en que vive un animal doméstico, a coger humildemente lo que le pongan en la mano sin buscarle razones.