miércoles, 31 de marzo de 2010

Tríptico monocromo

Alexsander Rodchenko: Tríptico monocromo, 1921
Para Melchor, que partirá mañana cabalgando el gran azul
¿Qué puede hacer a un pintor llevar a sus cuadros la materia pura del color, su sustancia? ¿Qué puede hacer que el color no sea el instrumento, sino el fin en sus piezas? Últimamente me acerco a esas obras en las que el color es fin, pero también es instrumento; esto es, el color es vehículo que nos conduce a un estado espiritual superior que no conocemos, pero al que aspiramos y con el que soñamos de la mano de creadores que han dedicado su vida a esa búsqueda metafísica. El pasado mes de diciembre pude ver algunas muestras de esa búsqueda en algunas exposiciones. La primera de ellas fue la que el Museo Reina Sofía dedicó a la obra de Rodchenko y Popova. Al contemplar la pieza Tríptico monocromo (1921), de Rodchenko, llama la atención ver que el artista ruso dispone tres colores puros: Color rojo puro, color amarillo puro, color azul puro. “Aquí les dejo ante la esencia” – parece querer habernos dicho Rodchenko- “Aquí les dejo mis tres elementos puros, mis presentes terrenales que podrán conducirles hasta espacios esenciales”. Rojo, amarillo, azul: tres colores que son a su vez tres símbolos, tres claves para entrar en el mundo hermético.
En esos mismos días también se exponía en el Círculo de Bellas Artes de Madrid la exposición Herencias, de Yves Klein y Marie Raymond (su madre). De nuevo, algunas piezas me reclamaban atención: en su Tríptico de Krefeld volvemos a encontrarnos con estos mismos tres colores en estado puro. Esa búsqueda en la monocromía le hace decir a Klein en su texto titulado Le vrai devient réalité: “Je monochromisais mes toiles avec acharnement, puis le bleu tout-puissant se dégagea et règne encore et pour toujours.”

De todos es conocido el fervor religioso que en determinados momentos de su vida sintió Klein, y en la misma exposición pude contemplar una pieza que, muy en particular, me atrajo poderosamente. En el año 1961 Klein envió un hermoso exvoto al convento de Santa Rita de Cascia, en Italia. Se trataba de una pequeña caja en cuyo interior, de tres compartimentos, se hallaban estos tres mismos colores: rojo, azul, amarillo (oro). Acompañando a su particular exvoto, el pintor hizo llegar al convento el siguiente escrito:

Santa Rita de Cascia, te pido que intercedas ante Dios Padre Todopoderoso, que siempre me concede –en el nombre del Hijo, Jesucristo, del Espíritu Santo y de la Santa Virgen – la gracia de vivir en mis obras, y que siempre se puedan volver más hermosas, y que también me conceda la gracia de poder descubrir continua y regularmente nuevas cosas en el arte, cada vez más hermosas, incluso si no soy siempre digno de ser un instrumento para crear gran belleza. Haz que todo lo que emerja de mí sea hermoso. Así sea. Y.K.

En la muestra podía leerse este texto acompañado por la fotografía que en 1999 hizo David Bordes de la hermana Andresina, portando en sus manos el especial cofrecillo transparente con las tres esencias cromáticas.

La hermana Andresina y el exvoto de Klein

Otro pintor por el que desde hace años siento una especial atracción es el alemán Jürgen Partenheimer. Lo conocí primeramente por el catálogo Cantos y otras mentiras, que publicó el IVAM con motivo de su exposición en el año 1998. Posteriormente, le seguí los pasos por la muestra que le dedicó el Centro Galego de Arte Contemporáneo (que editó no sólo el catálogo pertinente, sino los dos volúmenes que conformaban su antología de escritos, titulados Orfeo se volvía.) Ya en el catálogo del IVAM figuraba una obra, muy sutil y poética como todas las suyas, titulada Drei Leben. Madera, acuarela, acrílico y cera de abeja conforman esta pieza también tripartita; amarillo, azul…y un espacio vacío en el interior de esa caja (que nos vuelve a recordar la caja-exvoto de Klein).Ese espacio vacío que nos hace pensar en el concepto japonés del tokonoma. Partenheimer es uno de esos pintores que no concibe el hecho artístico sin la necesaria reflexión teórica, sin el gozoso acercamiento intelectual a escritores y poetas: José Ángel Valente, Menchu Gutiérrez, Juan Ramón Jiménez han sido algunos de sus referentes en lo que a la cultura española se refiere. Su círculo creador irradia desde su centro múltiples miradas y acercamientos al proceso artístico, tanto propio como ajeno. Uno de sus textos teóricos se titula precisamente De coloribus, y en él Partenheimer intenta acercarnos a los posibles valores simbólicos de los colores. Así, dice del amarillo: “Amarillo es el único color que desborda constantemente todos los límites. […] En particular, la dorada cera de abeja aumenta el brillo y la transparencia de todos los colores cubriéndolos con un brillo protector (encáustica)”. Asimismo nos dice del azul: “Inmóvil pero tenso, el azul permanece en “el lado negativo”, como Goethe describió los colores fríos del círculo de los colores: “producen un sentimiento de inquietud, suavidad y anhelo.” Y nos dice del rojo: “En el ojo del fuego, la sedienta energía de las llamas consume toda vida y, en el ritual de la transformación, convierte la forma desmaterializada en fértil, oscura ceniza, símbolo del nuevo rico, de la constante superación de la muerte. En sus notas dedicadas al estudio científico Novalis escribió: “Todo acto de devorar es un proceso de asimilación. La llama es la más voraz. Combina lo que ha sido separado, componiendo y descomponiendo el agua”. […] El rojo es el principio de la celebración y la vida”.

Mark Rothko

La obra de Mark Rothko podríamos enmarcarla perfectamente en este mismo contexto de búsqueda y ansia por la consecución de un espacio infinito cuya íntima morada está en la pureza del color, en lo inefable de sus límites. ¿Qué son, si no, esos verdaderos mantras que suponen sus lienzos, esas meditaciones silenciosas, suspendidas en bloques de color, en franjas cromáticas macilentas ofrecidas como repetidos exvotos a un dios desconocido?

Obra de Mark Rothko

No puedo evitar citar aquí a uno de los pintores contemporáneos que más próximos siento: Luis Palmero. Su proceso píctórico ha sido lento, pero de una maduración constante y muy meditada, en perpetuo diálogo con una tradición que siente próxima: desde José Jorge Oramas hasta Blinky Palermo; desde Morandi hasta Sean Scully. He aquí una muestra de ese fructífero proceso de depuración cromática.

Dos obras de Luis Palmero

Tres colores, (así tituló también su hermosa trilogía el director Kristof Kieslovsky) tres vidas (Drei Leben, dice Partenheimer), tres estadios en la contemplación de qué realidad sutil, de qué mundos inaprehensibles. Tres ofrendas (oro, mirra e incienso) a un rey hacia el que todo pintor se muestra incondicionalmente entregado: el conocimiento de nuestro interior. Símbolos acaso de nuestros alimentos más sustanciales: cielos, tierras, trigos, nubes, mieles, noches...

2 Comments:

Blogger melchor said...

Gracias, Zé, por la dedicatoria. Este artículo de "pintura comparada y analógica" es una maravilla. Como decía Julián Ríos: "cuanto más se sabe, más se ve". Gracias, entonces, por tu visión sapiente.

03 abril, 2010 13:00  
Blogger Régulo Hernández said...

En realidad, amigo mío, estas notas no son más que preguntas, intentos de saber, asedios a lo que desconozco.
Pronto te llegará a tu isla amarilla, a través del azul inmenso, una nube también monocroma.
Gracias a ti.

03 abril, 2010 16:27  

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