domingo, 31 de octubre de 2010

Darren Hayman :: Calling out your name again

martes, 12 de octubre de 2010

La floración de la vara

H.D. (Hilda Doolittle)
Sabemos que la escritura de H.D. (las iniciales con las que su maestro iniciático y amante Ezra Pound la dio a conocer entre los imaginistas) es una aventura y un delirio creador en busca del conocimiento, en busca de una verdad, al menos íntima, que sólo podía ser descubierta siguiendo la estela y las huellas de un pasado remoto (Grecia, La Biblia, Egipto...) que aún tiene algún brote, alguna ramificación regeneradora entre algunos escritores actuales que seguimos sintiendo próximos y necesarios. De ahí que la lectura de esta Trilogía de H. D. (1886, Bethlehem, Pensilvania - Zurich, 1961) nos devuelva la confianza en el poder sanador de la palabra, en el encantamiento de la labor silenciosa de los poetas y artistas de todos los tiempos, en la necesidad de que los amigos que están dedicando dolorosos años de silencio a la indagación en esa "vibración innominada" que es la poesía y el arte, continúen haciéndolo. La floración de la vara (The Flowering or the Rod) es el título de la tercera sección, del tercer gran Canto de este hermosísimo tríptico a un tiempo sanador y doloroso. Copio aquí su fragmento número 27: Y Gaspar (pues sin duda era mercader) al principio no la reconoció; era frágil, delgada, no llevaba pulseras ni ningún otro adorno, y con el chal envolviendo su cabeza y sus hombros no se hacía notar, no parecía una sirvienta llevando un recado, sino alguien de confianza, de parte de una gran dama; la discreción en persona con su túnica oscura y su tocado; Gaspar no la reconoció hasta que el chal se le cayó al suelo, y reconoció entonces no sólo a María tal como decían las estrellas (Venus en ascendente o Venus en conjunción con Júpiter o comoquiera que él llamase a estos fuegos errantes), sino que, cuando vio la luz de su cabello igual que luna llena sobre un río perdido, Gaspar recordó.
H.D. Trilogía,
Traducción y prólogo de Natalia Carbajosa, Lumen, 2008.
[+] Álbum de fotos de H.D. de la Beinecke Library

jueves, 7 de octubre de 2010

Hacia la vejez

¿Por qué demonios hablo tanto de mi vejez? Desde luego, no por miedo a la muerte, que no me hace sentir ni curiosidad ni miedo. Lo que creo es que mi vida ha sido demasiado corta. Ha estado demasiado llena de sueños que ni anoté ni he retenido. No lamento el no haber disfrutado bastante, lo que sinceramente lamento es no haber fijado ese periodo temporal. Por otra parte, ¡ay si hubiera muchos otros que sintieran lo que yo! ¡Pobre humanidad; qué de autobiografías!
¡Letizia ha crecido, y yo no conservo de su primera infancia más que pálidas fotografías!Todo a mi alrededor muere cada día en el olvido porque yo estoy estático mirando, trastornado por un mundo de gente que me grita al oído. Mi Livia tenía veinte años, y ahora ya tiene los treinta y uno cumplidos. Me parece como si hubiera tenido siempre esta edad. Y si llego a la edad caduca, todos nosotros habremos sido siempre viejos. (10-1- 1906)
Italo Svevo, "Diario del descontento, 1889-1927", en El descontento, Cuatro ediciones, Trad. de Luisa Juanatey, Valladolid, 2008. (p. 31)

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martes, 5 de octubre de 2010

Eros y cálculo

Fotografía de Miroslav Tichý (Moravia, 1926)
Los dos ardieron en las llamas invisibles de la cordura. Nunca quisieron dejarse arrastrar por las insondables invocaciones de los dioses del caos. De su orden, de su milimétrico cálculo ante cualquier imprevisto, nació la límpida nada a la que quedaron reducidos sus deseos.

lunes, 4 de octubre de 2010

Narciso y Goldmundo

—¿Te explicas, pues, ahora —declaró Goldmundo—, que yo no acierte a comprender cómo puede pensarse sin representaciones? —Tiempo hace que me lo he explicado. Nuestro pensar es un constante abstraer, un apartar la mirada de lo sensorial, un intento de edificar un mundo puramente espiritual. En cambio tú pones todo tu interés en lo mudable y mortal y descubres el sentido del mundo en lo perecedero, te le entregas, y, con tu entrega, se eleva hasta igualarse a lo eterno. Nosotros los pensadores, tratamos de acercarnos a Dios separándolo del mundo. Tú te acercas a él amando su creación y volviéndola a crear. Las dos cosas son obra humana e insuficiente, pero el arte es más inocente. —Yo no sé, Narciso. Pero pareciera que el dominar la vida y el ahuyentar la desesperación os resultase más fácil a vosotros, pensadores y teólogos. Hace tiempo que no envidio ya tu ciencia, amigo mío, pero, en cambio, sí envidio tu serenidad, tu tranquilidad, tu paz. —No debes envidiarme, Goldmundo. No existe la paz que tú imaginas. Cierto que existe la paz, pero no una paz que more en nosotros permanentemente y que jamás nos abandone. Sólo existe una paz por la que hay que luchar sin desmayo y cada día. Tú no me ves combatir, tú ignoras mis luchas en el estudio y el oratorio. Y está bien que las ignores. Únicamente ves que estoy menos sujeto que tú a los cambios de humor y crees que eso es paz. Y en realidad es lucha, lucha y sacrificio como toda vida verdadera, como la tuya también.
Hermann Hesse, Narciso y Goldmundo, Traducción de Luis Tobío, Edhasa, Col. Diamante, 2007 (pp. 336-337)