sábado, 27 de noviembre de 2010

Los tres girasoles

Paul Klee, Neue Harmonie, 1936
Has vuelto a mirar nuevamente los tres girasoles que plantaste en tu pequeña azotea. Tres semillas que dejaste caer en la tierra de aquel tiesto ya ocupado por otras de tus plantas aromáticas. Siempre has tenido buena mano para las plantas y sabías que más tarde o más temprano acabarían naciendo los pequeños brotes verdes, tiernos, de las que ahora son tres grandes flores amarillas. Las flores miran erguidas hacia los cielos dilatados. Giran su reloj que se alza en el mástil verde, suspendido en las tierras mínimas. Y giran sus aspas contra la negrura de los tiempos.
Has sido tú, madre, quien ha obrado el milagro, el difícil nacimiento de la luz amarilla en esta penumbra en la que aún crece mi ignorancia.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Bill Viola :: The Passing

Hace ya mucho tiempo que escribí una nota (Variaciones sobre la faz turbada) sobre el que para mí sigue siendo el más grande de los videocreadores contemporáneos y en ella hacía alusión a esta profunda elegía, The Passing (El Tránsito), que ahora me apetece revisitar.

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sábado, 6 de noviembre de 2010

El colector del sueño futuro :: r.h.

Imagen de Rebeca Yanke
Durante muchos años había dedicado su tiempo, su dinero, su selectiva capacidad de información, a reunir muchos libros. Le fascinaban, como le fascinaba ese verbo –fascinar- tras haber sabido, gracias a aquel extraño autor francés, su verdadero origen libidinoso. Todo el mundo pensaba, incluidas las personas que más próximas nos sentíamos a su anómalo modo de entender el mundo, que los había leído todos, pero nos equivocábamos. Apenas había disfrutado de un porcentaje inapreciable de todos aquellos volúmenes que inundaban su casa, pero él sabía que iban a ser de gran importancia en sus días futuros. Llegaría el momento en que su alma buscaría los vientos del más allá, y en ese momento éramos nosotros, sus allegados, quienes tendríamos que disponerlo todo para que su tránsito fuese lo más limpio posible. Sabíamos que sus instrucciones exactas estaban ocultas en alguna edición suiza de El libro de los muertos, en alguna edición no venal, en alguna plaquette, en cierto libro-objeto, colaboración cómplice entre algún pintor y poeta, en algún libelo de aquellos en los que siempre depositó su esperanza, cuando aún confiaba en que las palabras podrían cambiar su mundo. En efecto, allí estaba esa diminuta hoja de papelería inglesa, delgada y semitransparente, tal vez el reflejo de su propio estado actual, para aclararnos su última voluntad: Que mi cuerpo yazca bajo la tierra en compañía de todos aquellos a quienes debo la existencia de mi alma, los libros que no leí a la espera de que sea ahora cuando su luz me conduzca sin desconfianza por los serenos bordes de la sombra.