sábado, 19 de febrero de 2011

El paseo bajo los árboles

Philippe Jaccottet (1991)
Foto: Erling Mandelmann
[Philippe Jaccottet, El paseo bajo los árboles, traducción de Rafael-José Díaz, Cuatro.ediciones, Valladolid, 2011.]
los árboles son para mí los primeros servidores de la luz…
Tuve la suerte de conocer hace ya algunos años, (en 1997,creo) la obra de Philippe Jaccottet (Moudon, Suiza, 1925) gracias a quien hoy es su reputado traductor en España, Rafael-José Díaz. Por fortuna, distintas editoriales han ido dando cabida, en sus colecciones, a este autor imprescindible en las letras francesas contemporáneas. En esta ocasión, con la publicación de El paseo bajo los árboles, hay que agradecer el desvelo de Cuatro.ediciones, cuyos responsables han incluido como apéndice un “Diálogo con el autor” y una magnífica y bien documentada addenda bio-bibliográfica. Philippe Jaccottet da cuenta en este libro de todo su minucioso registro de las variaciones de la luz: “Lo único que hay es la expansión natural de la luz en palabras o como una especie de culto rendido por el hombre a la luz”. Acercamientos, devaneos, búsquedas de una realidad inaprensible, quedan transcritos en este cuaderno de notas en los que el poeta se desnuda para exponerse ante el lector, ante el mundo, como lo que acaso todo poeta aspire a ser: un lector del gran texto del mundo. Estas notas son su taller, su ensayo, su búsqueda, su banco de pruebas:

Las palabras ligero, claro, transparente, volvían sin cesar a mi mente con la idea de los elementos aire, agua y luz; pero estas palabras, cargadas con tantos sentidos, no bastaban, habría sido preciso situarlas unas respecto a otras para que también entre ellas se establecieran distancias melodiosas, aunque no demasiado melodiosas. Había que seguir buscando.

El perfil impreciso de unas montañas, el vuelo silencioso, negro, de una lechuza, el diálogo insomne con la luz lunar, el obstinado rigor de una contemplación que sólo busca una respuesta o acaso simplemente la formulación de su pregunta previa. Ante todos estos fantasmas cercanos pero escurridizos, el poeta acaba comprendiendo que todo conduce a una decantación, en luz, de los trabajos y los rigores del mundo:

Siento que, para contar todo esto, haría falta un poema casi sin adjetivos y reducido a muy pocas imágenes; simplemente un movimiento hacia lo alto, y no un movimiento brusco ni intenso, ni rápido, sino una emanación, un humo de frescor; esta noche es el aliento de una mujer dormida, el sueño que asciende de sus ojos cerrados; el fantasma de su amor que se despide de nuestras dificultades. ¡Que descanse, que duerma! Que duerman todos los que trabajan, y yo dejaré que mis ojos hasta los últimos pisos visibles de la casa. Me parece que en esta hora estoy asistiendo a la transformación de nuestras penas en luz. (p. 54)

De honda raigambre romántica, siempre bajo el signo de Hölderlin, en Jaccottet hallamos al poeta que duda por momentos de la eficiencia de la palabra como hilo comunicativo, pero que, no obstante, lejos de resignarse, insiste en su búsqueda hasta dar con la voz precisa, el débil reflejo verbal que lo contente. Desde este punto de vista, no parece tan lejana la experiencia literaria de Jaccottet de la de autores como Yves Bonnefoy o Francis Ponge (Principio y fin de la nieve, del primero, o Cuaderno del bosque de pinos, del segundo, vendrían a ser, en rigor, sendos muestrarios de este tipo de escritura que indaga en las variaciones sobre un motivo temático hasta revelar al poeta una verdad, o al menos un símbolo de ella, su cifra, su emblema). Jaccottet nos muestra aquí su laboratorio, la cámara secreta en la que su palabra se va transformando, mediante su particular alquimia, en aire, en voz, en luz.

El secreto de esos momentos era un secreto de mi alma, que afectaba de cerca a las relaciones entre lo que es necesario llamar la materia y el espíritu, el presentimiento de que aquella no era absolutamente heterogénea de éste, sino que cada uno de ellos podía ser un estado diferente, uno más pesado y el otro más sutil, de una sola e idéntica energía, y que en lo más profundo de mí había un deseo de no romper nada, sino solo de cambiar imperceptiblemente para confundirme al final con el aire. (p. 81)

Pero este librito tiene para mí otra vertiente igualmente rica e iluminadora: su lectura ética del mundo. Jaccottet optó hace ya mucho tiempo por vivir al margen de la ruidosa farándula literaria (retirado en ese pueblecito para mí ya mítico, Grignan) y dedicar su silenciosa obra al misterio, a la entrega irrenunciable a la palabra teniendo como base algunos postulados éticos que bien podríamos tomar como referente y ejemplo: Evidentemente hemos de despojarnos de lo malo que hay en nosotros, no podemos arreglárnoslas de otro modo. Hay que dejar de sorprender a toda costa, o de llevar a cabo bajas venganzas, o de gustar o de servir a ciertas causas. Quien quiera adentrarse tanto en su misterio poético como en su particular y humilde concepción de la vida tendrá en este hermoso libro una muy recomendable puerta de acceso.

Lodewyk de Vadder

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1 Comments:

Blogger Rafael-José Díaz said...

Gracias, querido Régulo, por este comentario tan certero y sentido del libro de Jaccottet. Un abrazo. Rafa.

20 febrero, 2011 17:30  

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