jueves, 31 de marzo de 2011

A mediodía

Nadadores, Cueva de Kizil, India
Se desnudaron y se zambulleron en el mar, a las tres del mediodía;
el agua fresca no impedía en absoluto el contacto entre ellos.
La orilla brillaba perdiéndose en la distancia,
muerta, solitaria, desnuda. Las casas lejanas, cerradas.
Entre la calima, el mundo refulgía. Al término del camino
se perdía un carro. En la terraza de la comandancia de marina
colgaba una bandera a media asta. ¿Quién había muerto?
[Yannis Ritsos, Testimonios, serie primera (1957-1963), Trad. de Román Bermejo, Editorial Icaria, Barcelona, 2005, p. 58]

He espigado este poema del libro de Ritsos que hace años me regaló mi amigo Melchor. A él le regalo ahora este mediodía que me hace viajar hasta su propio mundo, hasta su propia escritura. Son muchos los elementos de este bellísimo testimonio de Ritsos que me lo recuerdan: los nadadores, las casas lejanas, la calima, y la interrogación final a modo de "kireji" japonés. Que los versos surquen las aguas como ofrenda, llevados de la mano de estas nadadoras orientales, hasta su isla, su oriente.

Nadadoras chinas

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domingo, 6 de marzo de 2011

Derborence

Charles-Ferdinand Ramuz (1878-1947)
en 1935 par Gustave Roud (Fonds Photographique Gustave Roud de Laussanne)
El silencio de la alta montaña, el silencio de los lugares despoblados de hombres, donde el hombre sólo aparece de forma ocasional; entonces, a poco silencio que guarde, por mucho que aguce el oído sólo oye que no oye nada. Era como si ya no existiera nada en ninguna parte, desde nosotros al otro confín del mundo, desde nosotros hasta el fondo del cielo. Nada, la nada, el vacío, la perfección del vacío; una anulación total del ser, como si el mundo no hubiera sido creado todavía, o ya no existiese, como si fuera antes del comienzo del mundo o bien después del fin del mundo. Y la angustia se aloja en el pecho, donde hay como una mano que atenaza el corazón.
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Derborence, la palabra es un dulce canto; un canto dulce y algo triste en la cabeza. Empieza un poco duro y marcado, luego vacila y decae, mientras uno lo sigue cantando, Derborence, y acaba en vacío, como si quisiera significar la ruina, el aislamiento, el olvido.
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(...) allí arriba el mes de mayo es el que maneja el pincel.
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Son más altas que los bosques, más altas que los pastos, más altas que las rocas; allí flota toda esa nieve, todos los hielos luminosos, que están curiosamente separados de lo que los sustenta, que se han vuelto extranjeros para sus basamentos ennegrecidos por la sombra. Y cuanto más aumenta la sombra debajo de ellos, más livianos se vuelven, más se acrecienta su claridad, que está hecha de todos los rosas, todos los rojos, todos los tonos de oro o de plata. (p. 41)
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Sí, dice que los oye por la noche. Porque están con vida y ya no están con vida; siguen en la tierra y ya no están en la tierra.
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Se oye el ruido de la lluvia fina que cae suavemente en el tejado como muchas patas de pájaro.
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Y ya no tocan el suelo, porque ya no tienen peso. No hacen ruido, es como el humo, es como una nube pequeña, se mueve como quiere...
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(...) si de veras son los muertos, ¿cómo les vamos a impedir que entren en nuestras casas, si no conocen ni puertas ni cerraduras?
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(...) ¿pero es vivo la palabra adecuada? ¿Podría hablarse de vida? ¿De qué es, lo sabemos? ¿Pesa algo? A lo mejor sólo es aire. A lo mejor es una forma que sólo existe para la vista, que está y ya no está, que aparece y desaparece...
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Ve que es un hombre o una especie de hombre que tiene barba y no tiene ojos. Tiene boca, pero ¿hay voz en su boca?
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(...) A la gente le sorprendía verlo a pleno día, pues resultaba extraño bajo el sol, con aquel tono de piel que se parecía a las plantas que crecen bajo las hojas muertas, o a las hortalizas que blanquean en la bodega.
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El pueblo hacía un ruido como de colmena perturbada.
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(...) Las fuentes de encima de la tierra, sólo una gotita de agua de vez en cuando que rezuma en el extremo de una brizna de musgo...
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Sí, ahí, en el filo del hueso que dibuja el agujero de los ojos.
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Tienen la apariencia de cuerpos, pero no hay nada bajo esa apariencia... Ven a pasar una noche conmigo en mi cabaña bajo la roca, para que los veas y los oigas. Yo los he visto y oído; son blancos, se pasean, se lamentan; hacen ruido como cuando el viento golpea la cresta de una peña, como cuando un guijarro rueda al fondo de un torrente.
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Hubo como una red de plata que alguien lanzó sobre ella. A través de los agujeros de la malla se ve una nubecilla blanca que avanza, sale de la orilla, como una barca que se desplaza de un lago a los demás.
Charles-Ferdinand Ramuz , Derborence, Traducción del francés de Marta Pino Moreno, Editorial Nortesur, Barcelona, 2008.

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