jueves, 28 de junio de 2012

Armado en el aire

Su mirada es una gasa sanadora.

Llevo en el estómago todo aquello que mi cabeza rechaza o apenas comprende.

Hay cuadros en los que la luz es un heraldo del silencio.

Como no recordaba ninguna de sus lecturas, buscaba en sus libros subrayados un hospicio ante los embates del mundo.

No me atrevo a decírselo. No a ella. ¿Cómo puede un hijo confesarle a su madre que en realidad no está viviendo, que en realidad es un muerto que ha sido obligado a revivir una existencia que nunca ha deseado?

Marcharse, huir, ser un fugitivo, un cobarde del mundo, una huella desvanecida, dejar aquí solo el alimento de las más tiernas raíces.

Tenía ganas de contar la totalidad de las páginas que albergaba en su biblioteca. Si lo hubiese hecho, tal vez habría descubierto que coincidían exactamente con la totalidad de los días vividos.

¿Dónde está tu pelo blanco? ¿Te sigue abrigando bajo la tierra?

Iba leyendo aquel libro y cayó en la cuenta del parecido entre su cerebro y el de un cuerpo muerto que es transportado colectivamente entre las manos de una multitud, las letras del texto al modo de las yemas de los dedos de aquellas manos alzadas que hacen avanzar, flotando en el aire, el cuerpo muerto de su entendimiento.

Sigue tejiendo, madre y amiga, sigue anudando las horas de nuestra incertidumbre, sigue dando forma a la urdimbre infinita que será el delta de nuestros tiempos.

Pensaba ella entonces que cada una de las frases que escribía era una escalera que le conduciría hacia un cielo desconocido; sin embargo, con el tiempo descubrió que esas líneas no eran sino barrenas que iban minando su alma pétrea.

La vieja expresión de mi madre: “Este chico está armado en el aire”. Estar armado en el aire. Tal vez esa sea la definición más cabal de la literatura: Armarse en el aire.

Halló finalmente el modo de ponerse a escribir: se engañaba cada noche autoconvenciéndose de que un gran meteorito se acercaba inexorablemente y que la tierra sería destruida. Ahora sí: sabía que sus textos descansarían en la nada.

Estaba empeñado en eliminar toda competitividad: Ganará el partido de tenis—dijo al comienzo del partido— el que más veces facilite al contrincante su victoria. ¿Consiguió en realidad su propósito?

Han llegado a nuestra terraza tres pétalos del almendro en flor del huerto del vecino. ¡Ah, yo como siempre alimentándome de la belleza ajena!

Siempre tuvo en mente la necesidad de dar forma a su propio diccionario de sinónimos y antónimos y conformar así el mapa, el repertorio de su idioléxico.

Contempló en Bilbao las labores de demolición de un viejo edificio industrial. Y descubrió que también la destrucción requiere cierta solemnidad y paciencia.